Soy Manuel, y mi taller huele a tierra húmeda y a café recién hecho. Aprendí el oficio mirando las manos de mi abuelo, entendiendo que la alfarería popular no busca la perfección geométrica, sino la utilidad y la calidez.
Cada pieza nace de un bloque de arcilla local. La proceso, la amaso para quitarle el aire y la subo al torno. Allí dialogamos. Luego viene el secado lento —sin prisas, para evitar grietas—, la primera cocción o "bizcocho", el esmaltado manual y el fuego final a 1050ºC.